| dc.description.abstract | "Cien, quinientas, mil, eche usted Bohemia de Puccini y no acabará de recontarlas, pero si no asistió anoche al Arbeu, es imposible que le salga la cuenta. Porque esta Bohemia vale por las anteriores y queda a su favor un saldo considerable. Ninguna en conjunto, ha resultado mejor y más completa. Otras habrán presentado a este o aquel artista de cualidades superiores. Más la unidad, la homogeneidad, el cuadro que nosotros recordemos no se han visto de mucho tiempo acá. El conjunto es magnífico, y resiste al más severo análisis. La afortunada creación de Puccini es de las que salvan por sí solas. Esto es verdad. Es una obra de recurso que está en el repertorio de todas las compañías de segundo y tercer orden. Los aficionados la cantan. Los organillos de Berbería [sic] la mastican. Las niñas cursis, hacen al ritmo de los más vulgarizados aires, sus faenas domésticas. Pues toda esta trivialidad que cae, como mancha de aceite sobre una rica tela, sobre las obras consagradas por la popularidad -todo este desgaste que, a semejanza de las monedas, sufre la música que corre a los cuatro vientos de la vida vulgar, son circunstancias desfavorables, desde el punto de vista artístico, para que se demeriten las óperas, y se vean con indiferencia en el escenario. Las bellezas que se envejecen no seducen. Se las mira con ternura, pero sin encanto, como se mira la ilusión que, poco a poco se convierte en recuerdo. Y en esta vez la Bohemia que conocemos y aplaudimos con más simpatía que entusiasmo, se transformó, mejor dicho, se transfiguró, como por mágico conjuro en aquel flamante idilio que nos hizo llorar hace quince años. El pasado se acercó, y se volvió presente, y saboreamos el deleite de Fausto de sentir en la vieja y amarga copa del hastío, una gota de miel de juventud. Y basta de escarceos retóricos y de efímeras decoraciones literarias. Lucubrar con falsas joyas de poesía ‘croniquera’, acerca de este poema vivido por todos nosotros, cuando teníamos 20 años, sería tonto, impertinente y vano. Equivaldría a repetir la muletilla del 'gato con pies de trapo'… Hablemos de la interpretación. Quédense el elogio de la partitura y la alabanza de los versos de Illica y Giascosa, para quienes desean bordar el vacío. No hay vagar ni tiempo para ello. Porque la Mimi de Luisa Villani, nos espera, candela en mano a la puerta de la buhardilla. Aquí si la Villani es princesa de arte, y visita su deudo. La voz cálida y linda de esta soprano excepcional, toma aquí vigores y gallardías sorprendentes. Suena como un cristal, acaricia como un terciopelo, se apasiona como un alma, llora como un dolor. Se diría que la metamorfosis rítmica de los latidos de un corazón. Desde la primera escena la Villani entra en el tipo de la soñada griseta. Y cuando llega el 'racconto', llega con él la victoria. El público se desborda en regocijo. Este primer triunfo prepara el del acto tercero, que es prolongado, y el del final de la obra que parece inacabable. La Villani se resarció en Mimi de los reticentes aplausos de la Aida. Y si la Villani venció, el tenor Gandenzzi hizo más, ese se glorificó. Gloria fue en efecto esta emoción del público que contiene en los pasajes culminantes, hasta la respiración para hacer el silencio, alrededor de una melodía fraseada con indecible pureza, dicha con intención sentimental, cantada con delicado gusto. ¡Un espléndido Rodolfo, el de Gandenzzi! También desde el 'racconto' del acto primero, se apoderó del auditorio, y 'en crescendo' llegó a la aclamación delirante. Los agudos de este tenor, que salen con agradable espontaneidad, están timbrados en oro. Es la suya una voz colorida y flexible, y él sabe modularla de un modo exquisito. En el dúo del primer acto, en el gracioso madrigal del segundo, en el cuarteto del tercero, en las frases dolorosas del cuarto en la ópera entera, estuvo admirable sin impérbole. Gandanzzi es ya un favorito del público. Y no le va en zaga como conquistador de dilettanti, el barítono Campana, un Marcelo de primer orden. Y tampoco se queda atrás el bajo Segurola que alcanzó más con filigranas de emisión y de intensión, que con potencia de voz, una ovación tan grande como la de sus compañeros, y en una parte de conjunto que es una pequeñez, el Colline. La elegía humorística de la 'Vechia zimarra', fue repetida por la insistencia de los ardientes aplausos. Segurola quizás la dramatiza demasiado, quitándole tal vez parte de un irónico matiz, pero ¡qué bellamente la expresa y qué efecto tan seguro y conmovedor saca de ella! He aquí a un cantante que va a hechizar al público de México. Ha comenzado ya a ganar la partida. Federicci en el Schaunard completó las figuras líricas que resucitaron anoche en una Bohemia que se nos apareció flamante y deslumbradora, como no nos la hubiéramos imaginado. La hermosura y la discreción de la señorita Giani, dieron el último toque de arte al triunfo de anoche. Orquesta y coros muy bien. Y el maestro Castillo llamado, merecidamente, al palco escénico, al concluir el tercer acto, cuyo final fue 'bisado'. Decididamente esta Bohemia vale, lo menos por quinientas de las que otras veces hemos escuchado entre taciturnos y fastidiados." | |