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<title>Artículos</title>
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<title>“Yolanda Meroe”</title>
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<description>“Yolanda Meroe”
[Sin autor]
"Creen los hombres ser los soberanos del arte. Las mujeres son las reinas, naturalmente: pero no son ellas las que mandan, las que juzgan, las que dirigen, las que crean, sino más bien las respetuosas, las obedientes, las sumisas compañeras de estos despóticos conquistadores de la hermosura eterna. Los artistas son fuertes, altos, excesivos, grandiosos. Tienen la superioridad del sexo, la energía del músculo, el tesón de la voluntad. No enamoran al arte, lo dominan; no lo acarician, combaten con él. Su fantasía, a semejanza de los antiguos guerreros, se viste de hierro, empuña la tizona, sale armada del cerebro, como de un castillo feudal, monta en el corcel de la inspiración y entre el bullicio y la clarinería de las ideas que la acompañan, como vasallos, con pendones de batalla, parte y se pierde entre el polvo de la carnera. Torna, trayendo en sus brazos como botín de guerra a la belleza y entonces, despojándose del caso de plata y oro, y del peto repujado, dice a la virgen tímida a quien conquistó: Por ti luché y vencí, te amo; eres mía. Las artistas son delicadas, débiles, dulces. No crean, imitan. No tienen arranques de furor, sino estremecimientos de ternura. Poseen, como supremas cualidades, la gracia y la elegancia. Recorren los senderos del arte como su fuesen por un jardín cortando flores y cazando mariposas. No van en busca del ideal, no marchan tras él, no lo alcanzan; lo esperan, impacientes, como espera la novia después de que ha sonado la hora de la cita. Y cuando el ideal llega, se arrodillan enamoradas para besar los pies del amante divino. Pero el amante, tras un momento de efusión compasiva, se va, huye, como Lohengrin: es sagrado, y como a él lo aguardan una barca y un cisne a la orilla de un mar azul y luminoso. Las artistas no apasionan, no subyugan, no sacuden; enternecen nada más. Como la luna, parecen tener luz propia; pero es la del sol con la que brillan, solo que está más apacible, más tenue, más blanca y misteriosa, y no hiere los ojos, no deslumbra. La artista no puede dejar de ser mejor, es decir, la secular esclava del gineceo. Es una sometida por educación. Carece de poder y aliento para crear, pero la artista vuela como las alondras y el artista se remonta como las águilas. ¿Es esto cierto? Sí, como que es la ley natural que da a cada criatura su trabajo en el laboratorio de la vida. Ya lo cantó así un gran poeta: ¡Dios dijo al agua del torrente: fluye! Y al lirio de la margen: ¡embalsama! Y ahora mismo, ínterin trazo estas líneas, se van asomando por mi memoria y haciéndome sigue de burlona desaprobación, algunas cabezas irónicamente risueñas: la de Rosa Bonheur, de lacia y cortada cabellera, de rostro enjuto y seco, de aire grave, la de Sarah, empelucada con dos largas placas de cabello, de un rubio anémico, perfil numismático, mirada muerta y triste, tal como la delineó. Mucha en el Hamlet; la de Matilde Serao, varonil y pensativa, la de Ada Negri, apasionadamente dramática, la de la Pardo Bazán, la de Blanca de los Ríos, aristocráticos a la siglo XVIII… y más allá, la de Madame de Staël, esa madre Cibeles de la literatura contemporánea, como la llama el maestro Menéndez Pelayo; la de Jorge Sand de ojos lánguidos y sensuales, que inspiraron, en sus tiempos juveniles, a más de un poeta, el deseo de bañarse en ellos… y tantas, tantas… Y aquí está la de Yolanda Meroe. Mujer bella, enérgica y apasionada en esta húngara. En sus ojos da soberbia negrura, resplandece con alegría infantil, un espíritu fuerte y tierno a la vez. Al verla, no lo dudamos, esa testa, admirablemente construida, podría soportar sin cansancio, el casco de Minerva. Se yergue sobre un cuerpo vigoroso, no esbelto precisamente, cuadrado, erguido, firme de anchas caderas, brazos mórbidos y senos exuberantes. Y así, atrevida y fuerte, como acostumbraba a dormir y a dominarse, seria y tranquila ante la curiosidad multiplicada en los ojos de Argos del público, la vi sentarse frente al piano, poner las manos sobre el teclado, y evocar las sombras del padre Bach, del semidios Beethoven, del poeta Chopin… Voy de prisa. No me es posible meditar mis impresiones, calcularlas y hallar en ellas una frase, un concepto, una imagen, hábil y rara con que darles novedad. Más si no son nuevas, son sinceras. Y sobre todo, no hay tiempo de estudiarlas, ni moderarlas. Allá van, desnudos y ligeras como ninfas en fuga. Beethoven requiere un intérprete sin nervios enfermos de un especial temperamento rítmico, sobrio, profundo que sienta desde lo alto a la manera con que sienten los dioses, con algo de sobrehumano y olímpico. En Beethoven hay dolor, pero es un dolor solemne y divino, no como los otros, como los nuestros que se quejan sin majestad. El gemido de Beethoven es como el del mar, misterioso y tremendo. Tocar a Beethoven, entenderlo sentir con él, dominar su música sin poner en ella nuestras miserias, es don extraordinario, facultad de elegido, rara y elevada aptitud que indica en el ejecutante una superioridad psíquica, no paralela, pero sí proporcional a la del compositor. Yolanda se penetra bien de los misterios beethovianos [sic], por más que aquí y allá, busque efectos deliciosos, aunque, quizás extraños a la índole del gran sordo de Bonn. La Meroe a mi juicio entiende mejor y siente más a Chopin. Chopin no es la naturaleza, como Beethoven, es la tristeza, toda la tristeza. La tristeza y el ensueño. Es el amor engañado, la fe perdida, la felicidad que no se alcanza, la patria a quien se ve esclava, el espíritu que se siente herido, la carne que se revela al deseo, la tierra que es despiadada, el cielo que es imposible, la vida que es inútil y dolorosa, la muerte que es implacable y sombría. La neurosis de Chopin es muy complicada, muy sutil, extraña por la rareza, exquisita por el temperamento, individual, única. Para sentir esta música tramada de sufrimiento, de desesperación, de brío y de locura, es necesario encontrar en el fondo del corazón una inmensa piedad por el pobre polaco, que se pasó la existencia combinando en mágicos y supremos gritos musicales, los latidos en su pecho enfermo. El alma de Chopin, como la de Lamennais, nació con una herida. De ella murió, más de ella vivió. Por ella sufrió, pero a la vez por ella amó, por ella fue poeta, de ella brotaron sus amarguras y también sus inspiraciones. El genio es el martirio. Chopin es misterioso, y aunque es humano, extraordinariamente humano, no cabe en el molde común. Es un hombre y parece un fantasma. Vive con nosotros, pero lejos de nosotros. Tiene mucho de real y mucho de soñado. Si lo llamamos acude y nos canta sus penas, pero de un modo obscuro, a veces dulce, a veces brusco, algo ininteligible, algo cabalístico, algo esotérico y extraño. Y… tendría deseos de detenerme, pero ya lo he dicho: voy de prisa, muy prisa. Y apenas me queda lugar para decir que Yolanda sabe de esas cosas, y sus manos de magia húngara, encuentran la fibra doliente y el clamor insano de Chopin. Porque la Meroe es dueña de lo que necesita: corazón grande, sentimiento profundo, energías varoniles, delicadezas femeninas, fuerzas y suavidades, rebeldías y sumisiones, una mezcla de aliento y languidez, de fiereza y ternura, una amalgama de elementos disímbolos de poder y debilidad, que le dan un carácter y una personalidad esencialmente propios, y que le permiten, por su extensión, pasar con rapidez de lo tremendo."
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<title>“La cuarta presentación de Arozamena en el Principal”</title>
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<description>“La cuarta presentación de Arozamena en el Principal”
[Sin autor]
"Como lema, a manera de ex-voto y para propio agrado, la pluma de las crónicas teatrales. se ha movido con un anhelo intenso de estímulo al arte nacional, donde quiera que brote un vislumbre y aun a veces un espejismo… Porque desgraciadamente y a menudo, las primicias del arte mexicano han abortado… Conformes, pues, con tal principio, la reseña teatral viene hoy a celebrar la vuelta del barítono mexicano, señor Arozamena, al escenario del Principal, que pasa, en materia de voces, por los siete años de escasez. Arozamena que tiene timbre de voz agradable, recibió cariñosa acogida y compartió los aplausos de la noche con Acacia Guerra, artista que a veces alcanza la temperatura de congelación y que anoche estuvo discretísima y demostrando los adelantos escénicos que va logrando. ¡Llegará a ser la primera figura! Esto, las futuras crónicas lo dirán. Por ahora, nuestros plácemes al debutante, con cuya cooperación será dable evitar mil destrozos de las particellas de zarzuela."
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<title>“Teatro Colón”</title>
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<description>“Teatro Colón”
[Sin autor]
"El solo anuncio en carteles y programas de que se cantarán hoy en el Colón, Aida por los grandes elementos de la compañía que actúa en este teatro, ha sido suficiente para que, desde ayer, quedara vendida la mitad de las localidades para la función de hoy. El caso no es para menos, puesto que se traza la colosal Aida que hoy como en la representación anterior, cantarán las dos estrellas de la compañía, señorita Regina Vicarino y Blanca Fox, completando el desempeño de la misma, los artistas Battain, Picco y Miracle. Mañana domingo habrá en este teatro dos magníficas funciones y en la semana entrante tendrá lugar el debut de la notable soprano lírica, señora de la Fraga, con la ópera de Bellini, La sonámbula. SALÓN ROJO. En el concierto arreglado para el domingo, tomará parte una vez más, la aplaudida Banda de Policía que los dos conciertos anteriores ha obtenido grandes triunfos, en la función de mañana domingo, tomará parte en el concierto el barítono mexicano Romero Malpica, cantando las piezas más selectas de autores italianos."
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<title>"Yolanda Meroe y su primer concierto: impresiones"</title>
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<description>"Yolanda Meroe y su primer concierto: impresiones"
Gustavo E. Campa,
"Procede de noble estirpe artística: es un fresco retoño de aquel árbol robusto y gigantesco que se llamó Franz Liszt. Aleccionada en el Conservatorio de Budapest por una discípula del gran maestro. Yolanda Meroe, indirectamente hace honor a este y demuestra la bondad de las enseñanzas que recibió. Su mecanismo es admirable, pero lo es aún más su gran alma soñadora, vibrante, ardorosa, comunicativa, que revela las cualidades y ostenta las características de toda una raza. No oculto, ni disimulo mi primera impresión, que quizá más tarde podrá modificarse, Yolanda Meroe me ha subyugado, musicalmente ha ejercido en mi espíritu una fascinación extraña, -la que siempre ejerce el artista superior-, y, con la poesía, el encanto, la delicadeza y gracia de sus interpretaciones que me ha reconciliado, como Hoffmann, una vez más con el piano. Difícil es, si no imposible, que en un artista se adunen, no digo todas, sino cuando menos, la mayoría de las cualidades que transforman al intérprete en verdadero creador. Más difícil aún hoy por hoy en que, ciertas escuelas pretenden basar su mérito en la preponderancia del mecanismo sobre la sensibilidad y la expresión. Tiempo hace vengo observando que se ha hecho sport de la ejecución pianística y que el calor, la emoción, la vida, que son y deben ser el alma de aquella, merman o van despareciendo ante las imposiciones de la técnica modernista, más preocupada de sorprender que de ennoblecer y cautivar. De ahí, también, mis escasas simpatías por el piano… En la notable pianista que actualmente nos visita, se aduna gran mayoría de las cualidades a las que antes me he referido, y existe un soberbio equilibrio entre su mecanismo y su sensibilidad. Analicemos un poco. Como el buen Haydn se encomendaba a Dios al dar principio a todas sus composiciones, así, Yolanda Meroe invocó, en el primer número de su programa el nombre del Dios de la música, el nombre de Bach, el excelso e inmortal. Obra de gran prueba y de excelente preparación para el pianista y el auditorio, es la soberana Fantasía cromática y fuga. La señora Meroe la dijo de manera admirable, especialmente la fuga en la que subrayó y destacó el prolífico tema aprisionado en la más complicada de las polifonías. Claridad y sobriedad, intención y riqueza de matices caracterizaron la interpretación. No obstante que en el programa figuraba como segundo número la Sonata op. 109 de Beethoven, no fue esta, sino la obra 111 la que ejecutó la señora Meroe, con beneplácito sin duda, de quienes no conocían la última de las sonatas de Beethoven, la sonata-testamento como le llama Lenz. Puede reputarse esta obra como una de las difíciles de ejecución entre todas las de Beethoven, y también entre las menos abordables para el público. Por esta razón, sin duda, es una de las que menos se ejecuta. A decir verdad, necesitaría escucharla varias veces a la pianista húngara, para poder juzgarla, no obstante, cabe decir que, desde su viril introducción hasta la tierra Arietta con sus intricadas y tremendamente difíciles variaciones, fue interpretada con arte y conciencia, obteniendo efectos que solo en los planos modernos se pueden producir. Las variaciones finales, aladas y celestiales, fueron como la evocación de un ensueño… La primorosa Rapsodia de Dohnányi, escuchada por vez primera en México, esta basada en un lánguido y melancólico temas que, seguramente, debe arrancar del pueblo. Escrita con gran elegancia y en excelente estilo pianístico valió un triunfo a la intérprete, triunfo que se acentuó más y más después de la ejecución de los dos números subsecuentes, Elfenspiel de Heymann y el Valse intermezzo de Merkler. Es el primero un afiligranado juguete que parece un suspiro de arpa eólica, y dura tan poco un suspiro, el segundo es un valse elegante, gracioso y acariciador que cautivó al auditorio hasta solicitar que fuese repetido. Yolanda Meroe hizo gala en ambos de sus extraordinarias cualidades de delicadeza y gracia. No exagero al afirmar que, después de Paderewski no había vuelto a escuchar el divino Nocturno en re bemol de Chopin ejecutado con igual fervor y con más latenza emoción… ¡Cuán bello sonido el que obtiene la pianista! ¡Cuántas caricias y cuánta poesía desbordan de sus mágicos dedos cuando canta las inspiradas melodías del infortunado compositor polaco! Sin afectación, arrastrada por la emoción que inspiran, sintiendo con el maestro y haciendo a todos sentir con él, pone al unísono todas las almas, provoca lágrimas en todos los ojos y emociona todos los corazones. -Indudablemente- decía yo a Luis Urbina, mi vecino de butaca, cuando una mujer es artista y en ella predomina la sensibilidad, no puede ser superada por un hombre, interpretando a Chopin. Tal es mi convicción ratificada a raíz de la ejecución del Nocturno de Chopin por Yolanda Meroe, el ideal consorcio del más tierno de los compositores y su intérprete, no puede realizarlo más que el alma femenina con todas sus ternuras y sus exquisitas reconditeces… Aplaudidísimos fueron el Scherzo de Chopin, el Sueño de amor de Liszt, dicho de manera muy personal y la segunda Rapsodia del mismo autor, cuya interpretación caprichosa y llena de humor y fantasía, sorprendió a buena parte del auditorio. Débese suponer que la artista no refrendó ni disimuló su temperamento desligándose de la simple guía de lo escrito, o que obedeció a una tradición que no anunciamos y que, por antecedentes, debe ser la precisa. De cualquier manera, no me aventuro a consignar censura alguna, y lamento tan solo que el afán de impresionar y buscar efecto induzca a la mayoría de los pianistas a cerrar sus programas con obras que no constituyen precisamente el decantadísimo broche de oro. Es tiempo ya de que un programa iniciado con el augusto nombre de Bach no termine con una acrobática Rapsodia de Liszt. Estimo en lo que valen estas composiciones del ilustre pianista que fueron como un delicado tributo al Folklore de su patria, pero no creo indefectiblemente, fatalmente, deban ser el número obligado de todo final de concierto. Y con esta desinteresada observación cierro este articujelo, protestando que en nada altera mi alta impresión de arte y mi admiración por la inspirada y gentil Yolanda Meroe. Id a escucharla -oiré a mis lectores- escuchadla, los reacios resultaréis convencidos, las creyentes emociones."
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