| dc.description.abstract | "La alegría del amor es una cosa teatral que empieza en zarzuela, continúa en lo mismo, con sus puntas y ribetes de opereta, y concluye por una tontería incongrua y cursi que llamaré apoteosis, porque entiendo que así la deben de nominar sus autores. José Juan Cadenas y Asensio Mas, o no se conocen, o escribieron juntos esa obra a sabiendas que no iban a poder entenderse. Y así salió ello de ilógico y mal avenido. El primer cuadro y el segundo, que de seguro concibió, planeó y escribió el señor cadenas, están bien y hacen alentar la esperanza de que aquello va por buen camino y de que a la postre, habremos visto una obrita parisiense bien hecha. Pero, a lo mejor, el burdo de Asensio Mas mete su cuchara, el buen intento de Cadenas desvanece de pronto y La alegría del amor tuerce su curso inicial e inclínase hacía el foso, de donde bregan heroicamente por sacarla de consumo y en fuerza de aparato y visualidad, el sastre, el escenógrafo y el atrezzista. Se ve que Asensio Mas quiso hacer otra zarzueleja de tantas con que enriquecer el asombroso acervo de que disfrutamos, y Cadenas, harto de París, Berlín y Viena, y tocado del mal de espíritu de estas grandes urbes, pretendió seguir las glorificadas huellas de ese extravío europeo pseudoartístico que llamamos vienés, porque Lehár nació en la capital de Austria. De suerte que La alegría del amor resultó, opereta a veces, otra zarzuela pasable, y al final, no teniendo por donde escaparse decorosamente -como en la comedia de Lope de Vega- salióse por peteneras patrióticas envueltas en ripios y en flamulitas de mal gusto, de un gusto que merece tiros por la espalda. Porque, para concluir, ocurre que la colegiala Margot, aturdida y veleidosa, Pierrot, anacrónico y atolondrado, luego de perdido el seso, porque a los autores se les antoja, reaparecen en el cuadro final, como en guisa de dar comienzo a otra obra, y dicen (los dicen Margot y otras dos más, y por cierto que con una maestría digna de los versos) que no tienen ni la más remota relación con su paso por el mundo… de los caprichos de Mas y Cadenas. Pero no es todo así en La alegría del amor. La música del baturro Luna, es buena e inspirada, sentimental a ratos, y a ratos alegre y fácil. El sueño de la colegiala, la serenata de Pierrot, los dúos de ambos, el número de las modistas, el cuplé del bule-bule, toda la música, en fin, honran y acreditan a un músico. La empresa del Lírico merece para bienes, porque, si no presentó bien la obra, por lo menos hizo cuanto pudo a fin de lograrlo. Y la buena voluntad algo vale y la interpretación, por parte de María Caballé, que puso a contribuir todo su gran deseo por lucir su papel y sacarle a flote, de Pepín Pastor, que cantó bien con su voz insoportable, de Galeno, que encarnó el modisto regularmente y en colaboración con los autores, estuvo bien. Por 30 míseros centavos no se puede pedir más. Pero, en cambio Ruanova representó su vizconde a la yanqui, como siempre, y como siempre, cantó la misma tonada, si es posible el que llamemos cantar a eso que hace Ruanova cuando le dicen que tenga la bondad de hablar alto, y Eduardo Pastor hizo un tipo incoloro de obrero chulapo enseñoritado muy mal dicho y con vistas a lo que salga. POR EL COLÓN. Sería injusto callar ante el derroche de lujo con que la empresa de este teatro puso en escena La alegría del amor. Es imposible ir más allá. Decoraciones, vestuario, atrezzo, todo nuevo y todo bueno. Tal como la obra, por ser como es, esencialmente visual, lo exige. La presentación no pudo ser mejor, ni más lujosa, ni mejor entendida, y el señor Tirado, al menos por esta vez, ha sabido demostrar que, a más de buen cómico, es también, a ocasiones, un director de escena muy aceptable. ¡Lástima que la interpretación, en total, no haya correspondido a lo que vistoso aspecto escénico prometía esperar!, Porque, si bien es verdad que, lo mismo Soledad Álvarez que Tirado han hecho imposibles en algunas escenas, al punto de llorar de emociones casi, no o es menos que sus papeles no son para artistas de sus condiciones, exclusivamente cómicas. Margot requiere una buena tiple cantante, y Pierrot un buen tenor. Y ni la Álvarez ni Tirado -no hace falta decirlo- no tienen voz ni saben cantar. Cierto que sus loabilísimos esfuerzo por salvar la obra merecen todo género de consideraciones, y que cuando no hubo que cantar han estado muy bien. pero al arte no le basta la buena voluntad. Sin embargo, en el dúo final, donde la obra debería concluir, han sorprendido gratamente al público, que ignoraba que la Morronga y Tirado supieran sentir tan de veraz y entonar con esmero y delicadeza tales. A Horcasitas hay que decirle que los modistos no visten así, ni usan esos bombines café del tiempo de la nanita, ni hablan tan vulgarmente, ni tienen modales tan burdos. Al coro de mujeres españolas hay que afinarlo, y a la orquesta agregarle violines y algunas cosas más." | |