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dc.contributor.authorDharma, seudónimo
dc.date.accessioned2024-06-08T22:10:30Z
dc.date.available2024-06-08T22:10:30Z
dc.identifier691
dc.identifier.urihttps://cenidim.metamoshe.online/xmlui/handle/123456789/12857
dc.description.abstract"Una noche de Beethoven en México y en las circunstancias actuales, resultaría de un exotismo curioso de algo de fabuloso y extraño, y todas las personas sensatas dudarían de un acontecimiento tan extraordinario, si los hechos no hubiesen demostrado lo contrario. En medio de las densas brumas que envuelven a nuestra infeliz patria, de ese nimbus aterrador que amenaza convertirse en una tromba devastadora, un fulgor divino, un destello apacible alumbró por un momento las profundas sombras de la tristeza y la congoja, y los inspirados cantos del arte más puro, los himnos casi sagrados de la altísima inspiración de Beethoven, se elevaron como una estrofa de consuelo, como una vibración de estética y sentimiento. Carlos del Castillo, el infatigable idealista que lucha con los iniciados de nuestra ciudad para implantar la música de cámara, como Carrillo brega con denuedo a fin de establecer los conciertos periódicos y permanentes y fundar el arte nacional, dedicó su primera audición a Beethoven, el genio sencillo, el artista depurado por excelencia, y esa audición resultó solemne hasta el misticismo, y aquellos acentos melancólicos, aquellas notas que hacen meditar tanto, extasiaron y conmovieron al numeroso y escogidísimo auditorio que acudió en demanda de sensaciones puras y bellas. El concierto, dividido en tres partes, por la excelencia de las producciones, el Sexteto 81 para dos cornos, dos violines, viola y violonchelo, compuesto de tres y el Septuor 20 para fagot, corno, clarinete, violín, viola, violonchelo y contrabajo de ocho, son tres obras maestras que requieren verdaderos artistas para su altísima interpretación, y los que en ellos tomaron parte estuvieron a la altura de su cometido y provocaron la admiración y el entusiasmo. Debemos mencionar muy especialmente el segundo tiempo del segundo concierto, ese adagio cantabile encomendado su tema dominante al piano, fue tocado por el maestro del Castillo de un modo tan delicado y con un arte tan exquisito, que literalmente arrebató al público y le tributó la más calurosa ovación. Al escuchar esas magistrales composiciones, al observar el respecto religioso de la concurrencia, pensamos en aquellos grandes conciertos del Gewandhaus de Leipzig, en que durante todo el año sostienen el más depurado ambiente de arte que puede existir en el mundo entero, y que son un verdadero torneo de celebridades musicales, y un templo dedicado a la consagración de los grandes compositores y de los grandes artistas, y reflexionamos que en México es muy posible la implantación de ese género, por la poderosa intuición de ese género, por la poderosa intuición de arte que existe en nuestros músicos, y por el anhelo con que son escuchados por una buena parte de la sociedad metropolitana. La simiente está ya en el terruño, los maestros Carrillo, del Castillo y Meneses han preparado la cosecha y esperamos muy fundadamente que fructificará. Muy interesantes estuvieron el concierto semanario en el Conservatorio, dedicado a los alumnos de la Escuela de medicina, y el recital de beneficencia en el Arbeu, el primero, compuesto de números sugestivos y muy artísticos y muy artísticos, atrajo como de costumbre una abundante concurrencia, y las alumnas señoritas Julia Alonso y Graciela Vázquez Trigos, discípulas del maestro Carlos J. Meneses, fueron muy aplaudidas por su excelente escuela y temperamento artístico, que les augura un porvenir lisonjero. El recital del Arbeu, encomendado principalmente a Alfredo Gómez, conocido con tanta ventaja como un inspiradísimo declamador, y a Rubén Montiel, el violonchelista más delicado que tenemos, resultó una bella nota de arte, y tanto Gómez en sus recitaciones, tan bien sentadas y tan perfectamente expresadas como Montiel en su exquisita interpretación musical, fueron muy aplaudidos. Gómez, el luchador incansable, parte a Europa a perfeccionar sus estudios, y a saturase de esa atmósfera de arte, que es para los inspirados, como el oxígeno para el organismo, él y Montiel, en aquel medio, al adquirir los conocimientos que anhelan, honrarán a su patria, ¡ay!, tan escarnecida y tan cruelmente fustigada por el infortunio. […] Por el croquis que hemos trazado, se verá que si la barbarie pretende entronizarse en nuestro país, los elementos sanos e intelectuales luchan por el arte y la civilización, y sí los primeros se consagran a la destrucción de nuestros organismo social, los segundos lo defienden por la cultura y civilización, como esos antídotos contra el paludismo, que ayudando a la naturaleza, luchan por destruir los gérmenes morbosos que la invaden."
dc.relationPrensa Musical. El Imparcial
dc.relation.ispartofseriesOctubre 13, 1913, p. 6.
dc.relation.isreferencedbyTeatros, arte y crítica.
dc.title[Sin título]


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México, noviembre 2023

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