| dc.description.abstract | "Apuntes rápidos, sí señor, rapidísimo. Como que tienen que ir en vértigo sobre dos renglones. ¿Para qué escarcear y mariposear sobre esta partitura que cantamos muy interiormente, allá en el fondo del recuerdo en el instante romántico de las añoranzas? ¿para qué rememorar? La ópera que salió de la inspiración de Puccini, como un grito de juventud apasionada, se hace vieja, pero todavía la vemos como a esas ancianas virtuosas y cándidas que, conservan a la vera de decrepitud, fresco el cutis y viva la mirada. Y no es que haya vivido mucho la Bohemia, es que ha vivido muy aprisa. La belleza del arte vehemente, como la hermosura de la mujer sensual, se marchita pronto. El barbero tiene lozanías de primavera y es casi secular, La bohemia tiene melancolías de otoño y no ha cumplido veinte años, apenas tiene quince. Pero… ¿no dijimos que estaba prohibido el comentario casquivano de la crónica? Pues es preciso que lo esté, para que estas palabras sean solo para alabar a Bonci, que se mostró un moderno intérprete de canto declamado de ese que desdeña filigranas y bordaduras vocales, para expresar en frase amplias y llenas, la dramaticidad lírica. Bonci no se reveló ahora un orfebre sino un cincelador, no fue un delicado sino un apasionado. Y lo curioso es que, a pesar, de eso, no perdió ni una sola de las cualidades de delicadeza y suavidad que lo distinguen. En su canto expresivo y mágico puso una verdadera aristocracia de estilo. ¡Gran Rodolfo, el de Bonci! Alcanzó un triunfo que no resultó precisamente inesperado. El público estaba loco de contento. Lo llenó de vítores. Bien es verdad que la Desana, con su linda figura y su voz valiente, acompañó al insigne tenor a través del viaje musical. La Mimi fue diana de Rodolfo. Y el Marcelo de Federicci completó el cuadro. El recuerdo de esta Bohème debe señalarse con lápida blanca…" | |