| dc.description.abstract | "Las victorias del carácter. El arte y la música popular. Pasadas las horas de expansión comunicativa de ceguera sentimental de fiebre, de emoción y de entusiasmo, lo que permanece en el ánimo de los reflexivos es aquello que la vida real impone con la inflexible normalidad de los fenómenos naturales. Desconcháronse pronto los enlucidos que una pasajera ilusión untó el muro de la tristeza cotidiana, desvaneciéronse las proyecciones multicolores que la linterna mágica de la emoción pintó en la obscura pantalla de la vida, derrumbóse con el soplo de nuestra propia risa, el castillo de naipes del ensueño. Más la verdad durable y sólida queda en pie para advertirnos que es ella la que domina porque es imperecedera, tranquila y justa. Manuel [M.] Ponce, celebrado, aclamado, vitoreado nerviosamente por el público culto de México, ha obtenido uno de aquellos triunfos que el tiempo no descascara ni corroe porque, si tuvieron por ambiente una fiebre emotiva, conservan por fundamento un mérito muy positivo y muy alto. Y Ponce es, desde dos puntos de vista, un ejemplo que debe imitarse. Desde el punto de vista de la lucha de la existencia es un carácter. Desde el punto de vista de la estética musical, es un innovador. Las cualidades distintas del espíritu de este joven maestro son la voluntad y la afectividad. Ha sido terco para correr tras el ideal, y lo ha alcanzado ya, tocándole la fimbria de la veste voladora. Desde su niñez mostró la tenacidad de la vocación. Nacido en provincia, creció en el aire gris de los pueblos de la mesa central, despertando al alba por el repique de las campanas parroquiales, y arrullado en las noches por el cuento monótono del palique familiar. De esta ingenua monotonía -como cosa de encantamiento- salió, sin saber cómo ni porqué, el melómano. Ni la educación comercial ni la profesional lo atrajeron con sus libracos escolares. En cambio el órgano de la iglesia de su barrio, la murga trashumante, el piano de la casa vecina, el chillón organillo de Bebería [sic] que pasaba rumiando viejos aires italianos, la farándula lírica que, de tarde en tarde, animaba el polvoso tablado del teatro oliente a humedad tras larga clausura, la orquesta matinal de los pájaros en el jardín público, las carcajadas de cristal del agua en los brocales de las fuentes, el rumor de las frondas, el tamborazo de los relámpagos, las nocturnas lamentaciones del viento, cuanto brillaba en fin, y hacía ruido, como dijo Campoamor, enamoraban a este muchacho apacible que muy pronto pasó de la inclinación a la predestinación. Estaba escrito fatalmente que había de ser músico, y lo fue. Primero allá en su tierra, luego aquí en el Conservatorio de México, y en seguida en Europa en Alemania y en Italia, estudió, aprendió, quebrantó en la dedicación y en el trabajo, su adolescencia y su juventud. Ya desde entonces empezó a ser conocido, estimado, admirado de sus maestros y de sus compañeros. Como los seres que tienen mucho que decirse a sí mismos, fue siempre un poco retraído, un poco silencioso, un poco solitario. De su viaje de arte, llevado a cabo con sacrificios y pobreza, volvió ya dueño de una técnica profesional de un conocimiento metódico de una amplia visión de belleza. Ponce es un ensimismado, un contemplativo. Su buena salud moral no le permite contagios con la envidia. Labora afanosamente, oyendo cómo en el interior de su alma, lo mismo que en jardín claustral de la leyenda, canta noche a noche, el risueño del paraíso. Abstraído en su inspiración, se olvida con frecuencia de que la vida lo llama y abre para él los brazos de mujer sensual. De cuando en cuando acude al reclamo aconsejado por esas apasionadas satiresas, que exorcizó el padre Ripalda: las tentaciones. Pero tras un rato de alegría, breve y sonoro, como un beso, el hijo pródigo regresa al arte, como a la casa paterna. Esta existencia de profesor de piano, brutalmente demoledora, si la fatiga corporalmente no lo debilita en el espíritu. El fastidio no diluye la inspiración. Y el secreto de su perseverancia esta en al conciencia plena de sus facultades y de su porvenir. Vive seguro de ir lejos, y camina a planta firme. Esta juventud está nutrida de voluntad. Más el talento de Ponce no solo es nuevo, es innovador. Enamorado de las formas flamantes, construye en su estilo los moldes de una música que, por exuberancia de pensamiento y sentimiento, busca y encuentra ritmos, melodías y armonías de extraña contextura. Extraña he dicho, no extravagante ni torturadora del oído, antes bien fácil para provocar el deleite de una sensación tan espiritualizada por momentos, que confina, en los pasajes de ternura, con el éxtasis. El maestro mexicano puede decir como Carducci: Odio l’usata poesia. Manuel [M.] Ponce anhela ser original, pero no deformando, sino modernizando los procedimientos. No es un rebuscado, es un sincero. Gusta de la polifonía tramada con relucientes oros y argentos, y en cuyos fondos sonoros se transfloren con dibujo transparente las ideas, sobre las riquezas del tisú sinfónico. Claro es que por su música cruzan las sombras dolorosas coronadas de espinas de sus mentores, Chopin primero y Liszt, y más cerca Strauss y Debussy, y remotamente la blanca peluca de Bach y el ceño áspero de Beethoven. Pero estos acercamientos no son reminiscentes ni mucho menos imitaciones. Son cognaciones lejanas del sentimiento artístico. Todo cuanto pasa por la inspiración de Ponce, toma el aspecto personal. Ponce exterioriza líricamente sus propias impresiones. Con un lenguaje suyo, que recuerda en tal modulación, en tal combinación, en tal cadencia, otras inspiraciones, Ponce narra su vida interior toda pasión, ternura y sueño. La fantasía de este maestro es vasta y luminosa como un horizonte, y su sensibilidad, tan delicada es que la sacude un suspiro de amor. La ternura en él tiene levedad de libélula, y el sufrimiento llega a ser atormentado hasta la desesperación. En la música de piano de Ponce, es donde mejor se revela este temperamento que, sin perder el equilibrio, abarca una gran comarca sentimental. Más, ¿dónde está el innovador?, me preguntarás tú que me lees entre dudoso y complacido, ¿y qué sigues el vuelo caprichoso de esta lucubración de cronista? ¿En dónde está? Y te responderé: en la música mexicana. En esas adorables tentativas de clarificar y purificar los cantos populares, el melancólico lamento de la gleba, la tristeza primitiva de las arpas campesinas y de las guitarras de aldea, y de vestir con brocados líricos la desnudez obscura y salvaje de las almas sinceras que cantan, a la buena de Dios, sus dolores, sus amores, sus esperanzas y sus angustias. Recoger de la boca del pueblo esas ingenuas melodías y componer con ellas música peculiar es obra de orientación artística a la vez que obra nacional. Es hermosear el alma de la patria y ofrecer un tributo rico y exótico al progreso cultural. Tenemos música vernácula distintiva, característica, y Ponce empieza a hacer en ella, lindas miniaturas y trabajos pujantes. Enhebra gemas primorosas en hilos sutiles de armonización. La rapsodia trabaja sobre el tema del jarabe es una prueba gallarda de lo que se puede lograr en ese género. El hombre canta lo que quiere el ambiente en que vive. El hombre, como las aves, no hace sino imitar con su voz las de la naturaleza. La flauta de pan llevaba escondidos todos los rumores de las selvas mitológicas. Los grandes maestros saben bien que el pueblo es el mejor y más sublime de los músicos porque, a través de los años, recoge en su extrema pureza los cantos de su raza y de su ambiente. Obras inmortales estas arquitecturas con material popular, divinizado por el genio. Manuel [M.] Ponce, poeta exquisito, alma contemplativa, juventud potente, ha tenido esta audacia, elevar el alma tristemente sonora de nuestro pueblo a la alta gloria del arte. Ha escrito las primeras páginas de nuestra folklore musical. La voluntad de este insigne soñador es inquebrantable, su inspiración es inagotable. Ayudemos con aliento, con aplauso, con admiración, a que esta gloria que se abre en flor no se apague ni se marchite en nuestro indiferentismo, en nuestro escepticismo, en nuestra pereza social. Y sé que una autoridad reconocida piensa como yo, tiene la palabra el maestro Campa." | |