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dc.contributor.authorEl cronista de antaño, seudónimo
dc.date.accessioned2024-06-08T22:08:21Z
dc.date.available2024-06-08T22:08:21Z
dc.identifier278
dc.identifier.urihttps://cenidim.metamoshe.online/xmlui/handle/123456789/12399
dc.description.abstract"La Orquesta Beethoven hizo en el Arbeu arte noble y verdadero. Me sentí alegre desde que vi el pórtico del Arbeu. Una grata emoción, como la que se experimenta al traspasar el portal de una casa amiga, comenzó a prepararme para las buenas impresiones. Estaba yo en mi casa, en la casa de los melómanos, de los delirantes del sonido, de los adoradores del ritmo y del acorde eterno. El aire se serena y viste majestad y luz no usada le decía Fray Luis a Salinas, ensalzando la potencia mágica de la música. ¡Ah, buen maestro, no solo el aire, el alma humana se serena también y cubre su dolorosa desnudez con vestiduras de luz nueva! En el vestíbulo saludé a mis antiguos camaradas de afición a todos o casi todos los que persisten en cultivar su espíritu, elevándolo a las regiones siderales donde la vida canta, como dijo otro viejo poeta en un verso maravilloso. El diletantismo no es en México muy caudaloso. Exigua va todavía la corriente, y zigzaguea con dificultad, sin cauce preciso, por las quebraduras y altibajos del camino. Exigua va, pero no con amenazas de extinguirse, al contrario, poco a poco, parece recibir a su paso, algunos hilillos de linfa extraviada que se deslizó, buscando nivel, del grueso y turbio río de los espectáculos mediocres: la opereta, el género chico y el cinematógrafo. Los dilettanti en México se pueden contar, como los 36 lectores de Barbey. Pasan de cien, eso sí. Pero si en lugar de ser personas fueran mercancías y se vendieran en una tienda, cuando un comprador rumboso pidió: deme usted mil dilettanti, el empleo del almacén, sonriendo, tendría que valerse del cliché usual en tales casos -no tenemos en estos momentos mil… porque se nos agotaron las existencias. Sin embargo, ayer por la tarde había en las localidades de Arbeu muy cerca de mil concurrentes, no todos dilettanti, por supuesto, pero sí un 90 por ciento de escogidos, entre los cuales brillaban algunos ejemplares selectos. Lo cual quiere decir que estaba el auditorio conocido, y otro poco más. Casi llena la sala, con excepción de los palcos primeros (el sitio de la aristocracia) que siempre, en este género de funciones, están vacíos, como nichos de cementerio arcaico, como nichos de cementerio arcaico. Y no queda mal el símil, porque según parece es allí, en los palcos primeros, donde han hecho la inhumación del buen gusto. El auditorio era numeroso, pero más que eso era nervioso y entusiasta. Sabía bien que le iban a ofrecer dos horas de bienestar espiritual, y se disponía a recibirlas con la seguridad de que le cumplirían la promesa. En efecto, nuestras esperanzas no salieron fallidas. Nosotros tuvimos fe, y el arte, el verdadero, el noble, nunca deja de tener caridad. Bien halladas en aquel sitio y en aquellos instantes, estuvieron las tres santas virtudes. Oímos la obertura del Freischütz como un niño cariñoso oye la voz de la abuela. El padre Weber nos ha enseñado muchas cosas bellas. Nos ha tocado el corazón y la imaginación con la varita de virtudes de su genio, y aunque ya aquí y allá se está descarando el cuadro sinfónico, todavía por muchas partes se conserva la frescura del color y la energía del dibujo. Oímos y recordábamos: esa obertura arrulló nuestros primeros sueños y nuestras primeras ilusiones. Ha sido el número obligado de muchas fiestas de otra edad. Hemos visto cometer con ellas sacrilegios. ¡la han destrozado y martirizado tantas ocasiones en nuestra presencia! Por eso hemos celebrado esta resurrección que es una reparación. El maestro Carrillo ha desagraviado a Weber, le ha rendido un respetuoso y necesario homenaje. Lo agradecimos y lo aplaudimos. La Orquesta Beethoven hizo una muy buena interpretación del Freischütz. La sentimos agradable como el perfume de un cope olvidado y que abrimos, después de varios años, para sacar alguna reliquia de amor. La saboreamos como una gota de miel fragante. El afán, el cuidado, la sobriedad y la justeza del director, fueron ampliamente premiados. Indudablemente falta aún mayor estudio, mayor firmeza, conciencia más segura en la Orquesta Beethoven, pero talento, sentimiento y conocimiento sí que no faltan. Obra del tiempo será lo demás. El esfuerzo está muy bien hecho y será muy benéfico. Y apareció Manuel [M.] Ponce. Su aire tímido y modesto, realzan y decoran la juvenil simpatía de una figura de músico: rostro afeitado y moreno de facciones regulares, de boca suavemente risueña, de ojos de bondad luminosa, de frente pequeña y fina, como base de una cabellera fuerte, quebrada y espesísima, cuyo ébano rayan, en abundancia, las canas prematuras: Bah! Nieve de primavera. Ponce se sentó al piano, tras de recibir un saludo muy afable del público, y dio principios a su concierto. El interés del auditorio era visible. Las miradas de la multitud se clavaron en el cuerpo del pianista como una lluvia de alfileres. La curiosidad, en esos momentos puede fascinar como las serpientes, pero también suele vigorizar como el viento marino. Ello es que, lentamente sucedió que la música de Ponce fuese apoderando de nosotros con la sugestión de una mano que nos acariciara. Fuego de pasión, brío de mocedad hay desde los compases iniciales, desde el tutti de la orquesta. Entra el piano grácilmente, y después de una bella cadencia, inicia un tema amable y enérgico. Al que pone arabescos sutiles un clarinete. Nosotros tendemos el oído hacia la delicadeza de la ejecución y cuando la orquesta finaliza el tiempo, experimentamos ya un misterioso deleite. Pero, inmediatamente este goce crece como una llama sobre la cual soplan los aires, cuando los violonchelos abren el tiempo segundo con una melodía tan expresiva y penetrante, que toda el alma nuestra se baña en una claridad de ternura. Es un canto de amor doliente, un ruego apasionado, húmedo de besos y de lágrimas. Los violines lo acogen con encantadora dulzura, y el piano lo repite con amarga insistencia. De allí en adelante todo es brillo e ímpetu. Orquesta y piano dialogan, frasean ambos un tema de rar estructura, de ritmo caprichoso, desbordase la polifonía, como una tela rica y matizada, el júbilo de vivir, alzase en chorros de luz, como una fuente maravillosa, complica el piano su vuelo fantástico y, sobre el teclado corren los dedos, persiguiendo a las notas con agilidad de pájaros de cetrería, y tras ellos corre también la orquesta como una banda de halconeros gozosos. El pianista se ha hecho admirar, el compositor se ha revelado. Y un sonoro y triunfal aplauso golpea la atmósfera del teatro. Y este aplauso es terco y nutrido. Llama tres y cuatro veces a Ponce y lo obliga a volver a sentarse al piano, y a tocar otra obra suya: una rapsodia mexicana. Es una sabia y admirable fuga, una composición de exquisita modernidad, trabajada sobre el aire más nacional de México: el jarabe. Largamente tenemos que hablar sobre estos ensayos de folklorismo musical, que solo atrevimientos geniales, como el de Ponce, realizan con elevación artística. Quisiera yo apuntar aquí las ideas que me asaltan ahora. El motivo es tentador. Pero las detengo, porque esta crónica se eterniza y porque mañana volverá Manuel [M.] Ponce a deleitarnos y a tocar esta rapsodia tan hermosamente lograda. El auditorio escuchó aquel originalísimo arranque, con asombrada delicia. La rapsodia fue también frenéticamente aplaudida. Aquí concluyo la conquista gloriosa del maestro Ponce. Bueno será que el joven músico señale este día con lápida blanca. La sinfonía Fausto de Liszt cerró la audición. Joyel de diamantes fue la clausura. La orquesta, que conoce la obra, la dijo límpidamente, el maestro Carrillo la dirigió con exquisito gusto y con muy intensa comprensión. Bella interpretación puede llamarse a esta, por dos méritos principales: la exactitud y la matización. Todo, naturalmente dentro de la posibilidad de los elementos que constituyen la Orquesta Beethoven. El público (ya he dicho que es el mismo de siempre), conoce la sinfonía, reaplaudida ayer. Para nuestro temperamento, es un tantico fastidioso por la extensión, pero esa fatiga nos la compensan algunos pasajes, verdaderamente divinos como los de la Margarita. Y un acto conmovedor finalizó la audición: el Orfeón popular se presentó a cantar el coro del último tiempo. Trajes humildes, caras tranquilas, corazones sanos, voces simpáticas en el Arbeu. Al recordar a esas buenas gentes unidas por los lazos de un sentimiento estético, que unen y estrechan como atadura material, vuelvo a pensar en la obra de Fray Luis, repito -Es verdad: la música serena las almas."
dc.relationPrensa Musical. El Imparcial
dc.relation.ispartofseriesJulio 8, 1912, p. 5.
dc.title“Se realizó ayer el triunfo previsto de Manuel Ponce”


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México, noviembre 2023

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