| dc.description.abstract | "Un joven músico se decide a presentarse al público de México. Ya en los círculos diletantes tiene una de esas famas, sólidos y fuertes porque están construidas con materiales de talento y de ciencia. No la admiración efímera y casquivana de un entusiasmo adulador. No el éxito loco que va gritando por calles y por plazas una gloria efímera, sino la emoción serena, el pensamiento lentamente conquistado, la crítica que desarruga poco a poco el ceño y sonríe con satisfecha placidez, han preparado el triunfo no ruidoso, pero sí duradero y verdadero de nuestros pequeños cenáculos de arte. La fama de Manuel [M.] Ponce es un espléndido bibelot labrado en oro macizo. Ahora se va a presentar esa fama amplificada, al público de México. Ni reclame corriente, ni elogio de bric a brac, ni alabanza de oropel, son estas líneas. Manuel [M.] Ponce es un gran músico, un altísimo artista, un espíritu superior, y por delicado instinto ha querido siempre huir de la admiración barata con la que se suelen consagrar celebridades de papel de china. Estas líneas son un toque de clarín. Vienen los heraldos de dalmáticas recamadas y listadas calzas. Pasan, bajo la luz del sol, por las angostas y laberínticas callejas medievales. Ábranse en los muros fronteros, postigos y ventanas. Asomándose por ellos las cofias de las comadres risueñas y los vientres de los burgueses curiosos. Clava la luz una flor de oro en la punta de las alabardas enhiestas. Los mercaderes ambulantes, los ociosos juglares, las danzadoras moriscas, los estudiantes nochaniegos, las desdentadas celestinas, los mendigos del hampa, la pintarrajeada chiquillería de las tenerías, siguen detrás de la guardia en procesión pintoresca, cuyo abigarramiento produce en la claridad de la mañana, la sensación de un iris hecho añicos, que mariposea al capricho del viento. Al llegar a la plaza, frente a la gótica catedral y al flanco del almenado palacio, cuando ya la multitud se desborda en colores que brincan y que invaden escalinatas y molduras, las copas de los árboles y los salientes de los contrafuertes, las trompetas, en triunfal sonoridad, rompen el aire con una argentina tocata. En la fila de los reyes de armas, avanza el pregonero -seguido del portaestandarte, que está fatigado ya de sostener el áureo mástil de la enseña- y con voz solemne, alta y pausada, lee, fijos los ojos en el resellado pergamino, la pragmática real. He aquí, trazado a grumos sin empaste, por mi rápida espátula de pintor eléctrico, el boceto de un cuadro que convendría dibujar en la imaginación de los lectores que gustan en medio de esta batahola política y social, de saber dónde, cuándo y cómo, puede hallarse una hora de olvido en el éxtasis de las emociones estéticas. Heraldos y pregoneros van a ser estos renglones, escritos como un airoso homenaje a uno de esos raros artistas que, por seguir fascinados las visiones del ideal que palpita corazón de lumbre en las sombras de su horizonte, no se curan de convivir con la humanidad que los rodea, ni tratan de realizar con su inspiración el milagro de la fiera domada por la hermosura. Venid grita el pregón a los cuatro vientos, venid a escuchar los más bellos cantos, las más inauditas melodías enhebradas en el hilo de sueño de una sabia harmonía. Manuel [M.] Ponce, cuya existencia nueva, esforzada y vigorosa, es un ejemplo de consagración al arte noble y purísimo, va a presentarse al público, trayéndole una obra límpida en la que la pasión y la inspiración han hecho prodigios líricos, llenos de fuerza sentimental y de profunda y exquisita idealidad. La música de Ponce huele a bosque en primavera: bulle savia de abril en sus temas que se abren como rosas entre los follajes de una flamante armonización. Venid a escuchar a un pianista admirable y a un delicioso compositor. Este maestro no es vacío, no es frívolo, no posee superficiales elegancias ni vanas delicadezas, no tiene tampoco ruidos estridentes que son, según la frase de un crítico, el escándalo de la nada. Este maestro que, casi un niño, ávido de ciencia y de curiosidad se fue a estudiar a Berlín y a Bolonia los misterios de Orfeo, volvió de allá cargado de ideas y de impresiones muy personales, muy suyas, y las derrama, a puñados, sobre las cinco líneas de la pauta. Este maestro no es un marginal, no es un siervo de la imitación impotente; dice por su cuenta, lo que ha gozado, lo que ha sufrido, lo que ha amado. Tiene siempre algo que decir porque le canta en el espíritu el ave del paraíso de la ilusión. Venid. En la primera audición de Julián Carrillo ejecutará su concierto. Eso ha de ser la tarde del próximo domingo. Y la noche del martes siguiente, habrá una audición de música exclusivamente de Manuel [M.] Ponce. Esto en México será inusitado, será excepcional, será extraordinario. Nunca el Teatro Arbeu, la vieja y querida barraca, abrigó en su empolvado salón a un artista así. ¿El programa? No me lo preguntes ahora, inquieto aficionado, que he de decírtelo más tarde. El pregonero seguirá por la ciudad leyendo en voz alta y clara la pragmática real. Confórmate por ahora con saber que Manuel [M.] Ponce se presentará al público de México. Confórmate y alégrate." | |