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dc.contributor.author[Sin autor]
dc.date.accessioned2024-06-08T22:08:04Z
dc.date.available2024-06-08T22:08:04Z
dc.identifier153
dc.identifier.urihttps://cenidim.metamoshe.online/xmlui/handle/123456789/12261
dc.description.abstract"El milagro beethoviano [sic] arrobó a la concurrencia. Como sea fuera de toda humana y divina ponderación el colosal concierto que ayer tarde nos brindara el Orfeo de estos fieros y calamitosos tiempos en que nos amenaza el alfanje de Zapata y la espingarda de Orozco, a un tiempo y por curiosa inversión geográfica, el Atila del sur y el Beduino de los desiertos del norte, se declara llevando a la consideración de los lectores, tres obras y tres compositores que ayer acometió ¡el entusiasmo liróforo de Carlos Meneses y su grandiosa orquesta: el Don Juan de R. Strauss. La siesta del fauno de Debussy y la Novena sinfonía de Beethoven…! Y como fuera interminable marginalia ir pergeñando notas y atando flores de impresión, si fuese a decir de cada número del concierto una palabra, está dicho que hemos de venir a lo más principal, que fue -sin que el acuerdo mundial pueda darnos un mentis- el milagro beethoviano. Así, dejando para otra ocasión escribir alguna monografía de la embriagante y lasciva composición de Debussy, en que cada nota que se evapora de los huecos de la flauta, sube y juguetea como una burbuja de oro de voluptuoso abandono, y haciendo caso omiso de la juvenil y fresca página de Strauss que nos recuerda aquellos brindis de Lord Byron en que decía a su amada que brindase con él para brindarle él con los suyos y que depositase un beso en su copa, porque así ya nunca jamás bebería vino más dulce, vengamos a la obra que parece compendiar la vida de un genio y que no es otra que la Novena Sinfonía. [El] Himno a la alegría de Shiller proyectaba las doctrinas morales y las creencias políticas del eminente músico Beethoven. Este himno se remontaba a la época revolucionaria y era tenido por la Marsellesa alemana. Beethoven escribió sobre el texto de Schiller y según la historia de la música que ha venido deleitándose con los cantos pindáricos de los hombres, jamás se escribió sinfonía coral comparable a esta, ni en el Lobgesang de Mendelssohn, ni en el Te Deum de Bruckner ni en las bellas sinfonías de Gustavo Mahler, en que asista a un trabajo de genio como este a la exposición de la alegría, cuando después de los ensayos impotentes del recitado instrumental, la Sinfonía es, en fin, dotada de la palabra. El canto de los coros en que las voces agudas de las mujeres se sobreponen sobre planos más altos a las medias y graves de los hombres, en aquel supremo grito elisiaco [sic] de supremo bien, añade un elemento de tal fuerza armónica, que ya sin pensar en el concepto de la oda, dice un escritor, que todos sentimos que una conquista nueva se ha operado en la expresión musical por cuya virtud la Sinfonía adquiere el timbre humano, la voz humana que vale a decir que ya nuestra voz es también la suya y que la sinfonía allegó desde entonces vínculos de sangre con nuestro corazón y nuestra carne. El primer movimiento. Un sencillo acorde da introducción al milagro. Divídase el pasado del futuro, dicen los músicos, pues sin abandonar resueltamente la forma antigua y clásica de la sonata, va prendiéndose la composición en mil episodios. El primer tiempo es un allegro un poco maestoso, en que claramente se advierten dos motivos. A los más literatos que músicos les sorprende desde luego la elocuentísima manera de ir pintando la aparición y crecimiento de los estados de ánimo. Cuando los violines van subrayando y repitiendo una frase, o cuando los cellos la obscurecen y vigorizan, el estado pasional ha quedado perfectamente dibujado y el oyente, obligado a deshacerse del programa explicativo, se ve arrebatado por una fuerza, por una melodía patética e inconscientemente se identifica, sufre, se angustia, crece su dolor, aumenta, sube a lo infinito o vuela en suprema transfiguración de alegría. Los que son músicos quedan sorprendidos de las maravillas de alteraciones y de la coda de ciento veinte compases. Entra el scherzo. La majestad y grandeza del primer movimiento, se sucede un gracioso y cabrilleante scherzo. El maestro Meneses entusiastamente señalaba las tres medias con la batuta, que sin embargo llevan un ritmo tan distinto de las tres medidas de vals. El tema juguetea y vuelve después de un primer redoble de timbales, y allí el oído se deleita con el cambio de mil tonalidades. Luego entra el trío, un pedal de bajos y los cornos, y entre todo esto, salta un motivo de música oriental. El adagio. ¿Quién podría ponderar las bellezas del Adagio? Solo el que pueda escribir las estrofas espirituales del poema; es decir, solo Schiller. Al llegar a esta parte, mi alma se ha abierto como un cáliz. El dedo de Dios parece señalar al divino músico. Ya nada es terrestre. Ya todo son voces y cánticos del Elíseo. Yo pasaba los ojos a los concurrentes y todos estaban maravillados. Por fin, rompe la vez de los coros, se oye la voz del barítono y luego aquella otra desaforada de la soprano Minnie Heidecke. He aquí el colosal concierto. Lo que siempre ha de ser una corona de oro para el maestro Meneses, que en estos tiempos de rebeldías de los luceros del averno, se abstrae en las clavadas cimas del arte y prende un fuego que parece propiciatorio en medio del terrible movimiento político social."
dc.relationPrensa Musical. El Imparcial
dc.relation.ispartofseriesMarzo 12, 1912, p. 3.
dc.title“La Novena sinfonía”


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